1. Correr por hambre

    por: María Laura Chang

    Ensimismada sobre el incómodo y resbaladizo asiento del autobús, María imaginaba las probabilidades de ser víctima de un robo masivo en aquella unidad de transporte. El humo, las cornetas, el calor húmedo de las cinco de la tarde y las voces de las cajeras de atrás no la perturbaban, solo hacían fondo a la espeluznante escena que maquinaba en su cabeza —Bueno señores, acabo de salir de la cárcel y denme todo lo que tengan de valor porque lo único que cargo es esta bicha—repetía una voz en su mente hasta que un fuerte sonido la hizo volver a la verdadera, pero no muy distinta, realidad. – ¡Agarren a ese mamaguevo! — Gritaba el chofer desde su ventana.

    José estuvo toda la tarde trabajando en el almacén. Sabía que ese día podría celebrar con sus panas la noticia de su paternidad, situación que lo había motivado a trabajar más duro para salir un poco antes. Es preciso especificar que en Caracas, media hora antes o después puede significar una vital diferencia. Salió del mercado a las 5:10p.m. y caminó por la acera al darse cuenta que la cola era insoportable. Lo hacía rápido, moviéndose por entre los buhoneros y las gentes que recogían sus enseres deseosesos de fiesta.

    El hambre atacaba el estómago de Alber, quien como cada viernes veía a sus pares tomar aguardiente incluso sin haber comido. Él estaba desesperado ya que tenía muchísimas horas sin ingerir ningún alimento proteico y la gente no quería darle dinero por eso del mal olor. Las greñas de aquel trentañero delgado tapaban sus ojos, sin embargo, él veía a su presa acercarse.

    María volteó rápidamente a su izquierda. La ventana del bus era amplia y le hacía marco a una escena hollywoodense de persecución triple. Aquellos que estaban atorados en el tráfico la podían percibir en 3D. Ella no estaba asustada, más bien parecía incrédula porque hacía un segundo en su cabeza la presa de la delincuencia era ella misma, pero ahora en la realidad era el pobre muchacho que corría a toda velocidad. Siguió con su mirada en los hombres hasta que una señora chismosa intentó pegarse a su ventana para gritar cualquier incoherencia producto de la adrenalina.

    Correr fue lo único que hizo José luego de darse cuenta de que el raterito lo quería apuñalear. No le daría ninguna de sus pertenencias, de eso estaba claro, pero no tenía idea de que con ese aspecto tan deplorable el maloliente lo persiguiera durante gran parte de la avenida. José no era muy atlético, pero suponía que podría dejar atrás a un mendigo por lo que decidió emprender la carrera.

    Alber se aferraba a la idea de obtener un dinerito de ese gordo. Las huidas eran su especialidad y de no ser por las circunstancias que le tocó vivir, tranquilamente hubiese podido ser campeón olímpico de atletismo. Cerca ya de su presa, sus ojos hambrientos no se percataron de que por primera vez en muchísimo tiempo dos personajes uniformados hacían su trabajo al mismo tiempo que le impedían obtener su cena.

    La patrulla estaba estancada en el tráfico de la Av. Andrés Bello, los policías malhumorados maldecían el calor y el conductor pensó por un momento prender la sirena para obtener el privilegio que los hiciera llegar a ningún sitio más rápido. Pero la velocidad a la que se acercaban aquellos hombres los hizo enseriarse más. Dos de ellos decidieron bajar del auto para ver lo que ocurría.

    De pequeña María había visto como los policías golpeaban a los rateros y a patadas los dejaban inconscientes sobre la calle a la vista de todos. Esa vez fue diferente. Tras el vidrio vio como la mirada suplicante del mendigo que estaba en el suelo de rodillas, pedía piedad a aquellos oficiales acalorados y fue testigo de cómo las plegarias del señor surtían efecto. Ella podía imaginar las palabras que se intercambiaban, estaba segura de que los uniformados le recordarían al mugriento la suerte que tenía de no ser molido a golpes.

    El hambre lo hacía delirar. Solo nombro a Dios las veces que hizo falta, les repitió que no lo volvería a hacer, les aseguró que no estaba drogado y les imploró una nueva oportunidad. Así de sencillo Alber evitó las reprimendas de los oficiales. Ellos realmente no sabían qué hacer en esos casos, por más que sea ese ratero no tenía identidad, no era un ciudadano, no tenía patria. Lo dejaron ahí agradeciendo al suelo y al cielo la suerte que lo dejaba hambriento pero vivo.

    José ya estaba fuera de foco, ni se dio cuenta del momento en el que los policías habían detenido a su perseguidor. Se había liberado del persecutor hacía cuatro cuadras y sudando llamó a sus panas a contarles de la que se salvó.

    http://orachapellincaracasvenezuela.blogspot.com/2011/11/av-andres-bello-salesianos-mercado.htmlimage

     
  2.  
  3. (Fuente: moonmizt, vía loveyourchaos)

     
  4. sariady:

    california poppies in my new home.

    portland, oregon.
    june 2013.

    (vía loveyourchaos)

     
  5. kinodna:

    Eliécer.

    Eliécer es un niño de la calle, tiene 16 años y duerme en las escaleras externas del CELARG arropado con cartones, viene todos los días a la tienda, me saluda con un “Qué más flaco?”, me pide un cigarro, otras veces comida, intimida un poco a quien esté en la tienda y luego se marcha tranquilo. Al principio me daba un poco de miedo, cuando llegaba escondía el celular y trataba de que se marchara rápido, ahora me alegra un poco cada vez que llega y hasta me acostumbré a su característico olor.

    Ayer me estaba fumando un cigarro frente a la tienda y Eliécer se sentó un rato conmigo, le pregunté su nombre, puesto que no lo sabía y me refería a él como “El piedrerito”, le pregunté si sabía leer y escribir, me dijo que leer poco y escribir nada, sólo su nombre, acto seguido, arrancó una planta de la jardinera y escribió con el jugo de sus hojas en el suelo:

    ELIESER

    Le dije que estaba muy bien, pero que Eliécer era con C y no con S, noté que no sabía a que letras me refería y señalé la C de Cine en el anuncio de la tienda, luego escribió en el suelo:

    ELIECER

    - ¿Así? - preguntó.

    - Así - afirmé.

    - Ah pero suenan igual - agregó.

    - Claro! Se pronuncian igual pero así es como se escribe - le dije. Y preferí no ahondar en el acento de la E.

    Le pregunté por sus noches y por sus días, me dijo que pasa las noches despierto, puesto que lo pueden hasta matar porque “En la calle hay gente mala flaco" y duerme en el día, me dijo que estaba en la calle desde los 5 años, que su madre vivía en La Guaira pero que lo había regalado a una señora de Petare, de la cual nunca más supo nada y "Ya no debe ni existir”. Le pregunté si lloraba y me respondió “Mucho”.

    Luego señaló uno de los carteles de películas que adornan la entrada de la tienda y me dijo:

    - Uy yo quiero volver a ver esa película - Señalando el cartel de Las aventuras de Chihiro.

    Extrañado le pregunté si en serio había visto la película y me respondió:

    - Claro! Los papás de ella llegan a una casa y se comen un montón de pollo y comida y se convierten en marranos.

    Me di cuenta que, efectivamente, la había visto y yo había pecado de incrédulo. Le pregunté:

    - ¿Dónde la viste?

    - En el cine - dijo.

    - ¿En cuál cine? - pregunté incrédulo nuevamente.

    - En el del San Ignacio - sonrió.

    - ¿Y cómo hiciste para entrar?

    - Pues me coleé - sonrió de nuevo - esperé a que entrara toda la gente y cuando el de la puerta se descuidó me metí, me escondí debajo de las sillas y me puse a ver la película, los de seguridad me buscaban por toda la sala - risas - pero me consiguieron y me sacaron, y no la pude terminar de ver, y me llevaron para afuera y me daban con el radio por la cabeza y me decían MALDITO MALDITO!

    Yo que no sabía si reír o llorar por la historia de Eliécer, y porque no había podido terminar de ver su película le propuse un trato, le dije que le iba a buscar la película y se la iba a proyectar en la tienda, eso sí, él debía primero bañarse bien con agua y jabón, me dijo que se podía bañar pero que no tenía más ropa y con la misma ropa iba a oler mal, cambié el trato, entonces propuse buscarle ropa y zapatos nuevos, una vez que él tuviese el jabón yo le daba la ropa, iba a tener la película esperándolo en la tienda y el día que llegara limpiecito, sin oler a calle y soledad, lo sentaría frente al televisor con unas cotufas para que viera la película de principio a fin sin ningún guardia de seguridad que lo buscara y sin golpes en la cabeza. Así cerramos el trato.

    Seguimos conversando y Eliécer nombró a Dios, le pregunté si creía en Dios y me dijo que sí, luego se agachó un dibujó una cruz, me dijo que en ella habían colgado a Dios, que tenía clavos en las manos y estaba lleno de espinas en la cabeza, que la sangre chorreaba mucho mucho mucho, que un hombre le había clavado una estaca y cuando él lloró se empezó a derrumbar todo. Le pregunté entonces que cómo sabía eso, me dijo que esa película también la había visto (La pasión de Cristo, asumo) una semana santa que la estaban proyectando en la calle. Sonreí entonces y le dije:

    - Parece que has visto más películas que yo Eliécer.

    Y me dijo:

    - No flaco, seguro tú has visto todas las películas del mundo.

    Hoy llegué a la tienda con una bolsa para Eliécer, dentro de ella: una muda de ropa, un par de zapatos, medias, ropa interior, un desodorante y un cepillo dental. Hace poco vino a visitarme como es costumbre, le mostré que ya tenía mi primera parte del trato y se le iluminó el rostro, aunque con un cierto halo de extrañeza, pero es comprensible. A cambio, Eliécer sacó de su bolsillo un dije de una virgencita y me lo dio para que “me protegiera”, le pregunté por qué no se lo quedaba él para que lo protegiera en la calle y respondió:

    - Flaco en la calle yo necesito más que eso para que me proteja.

    Ahora sólo me queda encontrar Las aventuras de Chihiro doblada al español y que Eliécer cumpla con su parte del trato, la tienda no es el lugar más cómodo para ver una película pero al menos aquí no habrá golpes, ni maldiciones, ni películas sin final.

    No Eliécer, yo no he visto todas las películas del mundo, pero el cine nunca deja de sorprenderme.

     

  6. Se pasa amargura por un mango salao

    Por: María Laura Chang

    Gizeth corre a contracorriente entre la marea de gente que como cada sábado, reviste el Boulevard de Sabana Grande. Anda rápido mientras ve atrás de reojo para asegurarse haber dejado lejos a los policías. Está preocupada, pero bastante acostumbrada a ese trajín. Diariamente es perseguida y hostigada por los encargados de la seguridad de la nación mientras labora. ¿Su delito? Vender mango en la vía pública.

    Sobre la mitad de la rejilla de un ventilador grande, con una bolsa plástica marrón como mantel, reposan los mangos pintones que preparó Gizeth esa mañana. Ella no parece sufrir por el calor de las 12 del mediodía, por el mal olor de los pisos sucios o por los balbuceos inentendibles del viejo mendigo que muestra su pie engangrenado allí a su lado. Siempre de pie, ordena las bolsitas de fruta pelada y picada mientras espera a que se acerquen los compradores y se alejen los cazadores. Esta vez se aproxima un joven que le pide cantadito “No me le ponga adobo, pura sal.” Hambriento, ve como ella aliña su manjar y mientras espera, alisa los veinte bolívares con los cuales pagará. La mujer le entrega la fruta, toma el dinero y vuelve a organizar la bandeja. Él se despide con un “Gracias” que se extingue sin respuesta.

    “No español” es la coraza que pone ante cualquiera que le hable en castellano. Gizeth es una haitiana típica: piel negra, cabello oscuro y crespo, ojos tímidos, personalidad cerrada. En creole se comunica con sus paisanas que además de mango, venden helados frutales. La relación entre ellas no se caracteriza por la cooperación, su labor es individualista. Deben velar por su propio pellejo antes que nada. Cada una respeta el espacio de venta de las otras y esto se fue dando con el tiempo, al comprobar que es menos probable ser atacadas por la policía si se separan en puntos estratégicos del Boulevard. Helado, mango, helado, mango hay una vendedora cada 50 metros aproximadamente. La fraternidad solo se hace presente cuando emiten el sonido de alerta que tal vez signifique ¡A correr que ahí viene la policía!

    Esta vez se salvó Gizeth. Luego de correr escondió su tobo en la puerta de un edificio que está en una callecita de esas que entrecruzan el Boulevard de Sabana Grande y mientras los guardias husmeaban por las tiendas adyacentes al sitio donde ella decidió pararse a trabajar esa tarde, la haitiana los seguía con la mirada. Se van. Tobo en mano la manguera vuelve a su lugar.

    El Quilombo

    De Puerto Príncipe (Haití) Gizeth llegó a Caracas dispuesta a vender lo que pudiese para darle de comer a sus hijos. Como ella, gran parte de la comunidad haitiana repartida en la capital se asentó en el barrio El Quilombo, de Brisas de Propatria. Alrededor de 100 familias erguieron sus ranchitos en una zona en la cual los servicios básicos son inexistentes. Las trágicas historias que provienen de esas personas hacen pensar que huir de la policía es tan solo un juego para Gizeth. Sin embargo, no hace de la persecución constante un hecho menos desesperante.

    Es invisible el hilo de alerta con el que trabaja Gizeth, pero ante cualquier uniforme, sabe lo que debe hacer. No es posible precisar si ella está consciente de las razones por las cuales su trabajo es calificado como ilegal. Estas haitianas no poseen permiso para el comercio porque carecen de las condiciones mínimas de salubridad para la venta de alimentos y además, lo hacen en la vía pública, un sitio prohibido para estos  intercambios. Con ley en mente, los policías van en su contra y el escaso conocimiento del castellano que tienen las extranjeras, les impide siquiera defenderse a sí mismas.

    El drama

    Pedazos de mango volando, mujeres al suelo, una moto ha impactado contra un tobo lleno de fruta. Con el rolo, uno de los varios Policías Nacionales Bolivarianos que aparecieron, golpea el piso asustando a más de uno. “Pa fuera, negra”  – dice pisando una bolsa que ha caído frente él “Si no te vas te escoñeto” dice pateando el tobo que ya ha dejado caer gran parte del contenido. Entre miedo y risas el resto de las mangueras desaparece. La fruta es lo de menos, los policías se enfrascaron con una de las haitianas. La negra corre sin tobo, sin fruta, sin nada más que perder en busca de la suerte que la salve de las rejas o de los golpes.

    La persecución no dura mucho. Los uniformados se ríen, han cumplido con su misión: limpiar la calle de estas vendedoras informales. El precio, paradójicamente, es dejar el piso sucio con una capa importante de mango pisado. “Me recogen esa mierda” grita el grandulón con la vista en las telefoneras que parecen acostumbradas a la escena. Lo ignoran, las negras solo volverán cuando los oficiales estén lejos.

    El fruto

    El origen del mango verde con adobo, pimienta, vinagre y sal se remonta a tiempo coloniales. Sin embargo en la actualidad médicos han alertado sobre los peligros para la salud que esta mezcla ocasiona. Al parecer, el consumo de esa merienda tropical genera afecciones gastrointestinales, renales y altera la tensión por su alto contenido de sodio. Pero muchos venezolanos ignoran o hacen oídos sordos a los riesgos, hábito que aprovechan las extranjeras para negociar.

    Por cuarta vez en menos de una hora Gizeth escucha la señal que alguna paisana eleva por los aires. Intenta correr pero dos niños se le acercan por un manguito y es imposible decirles que no. Rápidamente coloca el tobo en el suelo, agarra una de las bolsas, le echa sal, adobo, vinagre, toma el dinero, mira en dirección de la alerta, ve como se acercan los policiclistas y corre aún sin acomodar el paquete. Esta vez ella es la elegida. La persiguen por la vía principal, pero el gentío impide que la alcancen. Sonríe cuando ve que cambian de rumbo.

    En otra callecita unos colombianos venden lentes de sol y no distinguieron las bicicletas. Ahora deberán desembolsillar cien bolívares para que los dejen quietos. Gizeth, triunfante, vuelve a donde escondió su tobo. Espera el tiempo prudencial  y siempre de pie, ordena las bolsitas de fruta pelada y picada mientras espera a que se acerquen los compradores y se alejen los cazadores.

     Foto: Gabriel Alacqua

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     Una manguera que no es Gizeth una tarde laborando

     
  7. (Fuente: behance.net, vía chimmichurri)

     
  8.  
  9. Calma

    (vía loveyourchaos)

     
  10.  
  11. angrywhistler:

    José María Sicilia

    (vía krmnlt)

     

  12. Que el tiempo y las experiencias forman y deforman personalidades.

     
  13.  
  14. Picasso

     
  15. nyjahatuatao:

    Ondrash