El azul y otras cosas...

Isidro Pérez, el guardián de Los Jardines.

Por: María Laura Chang

El tono polifónico de un Sony Ericcson relativamente moderno suena desde el bolsillo trasero del pantalón desgastado que lleva puesto Isidro Pérez hoy. Contesta animado y suelta un buenas tardes apresurado. Lo llaman para ver qué hay de comer en el restaurant y responde: “Coliflor, papá, y sopa de vegetales. Pero apúrate que ya van a ser las dos”. Se guarda el celular y agradece los diez bolívares que un hombre le da en las manos. Es la propinita por cuidar el carro mientras almorzaba. Se despide del señor, al que identifica como “hermano”, para luego repetir una y otra vez las mismas acciones con decenas de clientes del vegetariano más antiguo de Caracas.

Treinta y tres años trabajando allí le han permitido formar parte de la comunidad de La Florida aunque no viva por la zona. De lunes a viernes de 11:00 a 2:00 estará frente a la reja negra del local, ubicado en la Calle Los Jardines de esa urbanización, saludando y vigilando los vehículos que momentáneamente se aparcarán sobre las aceras. Tanto tiempo en un mismo sitio le ha significado cierto reconocimiento por parte de los vecinos. O por lo menos eso piensa él y afirma: “hasta los mismos malandros robacarros lo conocen a uno”. Y cómo no agradecer eso, si las cifras de inseguridad, no solo en ese municipio sino en esa calle, son rojas y grandes.

Ante el hampa un hombre de un metro cincuenta y pico, delgado, parco, al que le adorna el rostro un bigote negro pasado de moda y que luce una cabellera del mismo color, poblada pero podada. No aparenta los 50 años que tiene. No hay canas, ni demasiadas arrugas. Eso sí, al caminar se evidencia que tiene la pierna izquierda chueca, malograda en un accidente en moto que le ocurrió en la juventud. Por eso anda lento, pero para contrarrestar, habla rápido. “Cuidao por ahí, cuidao por ahí” repite siempre porque, aunque no parezca, está todo el tiempo alerta.

En mayo de 1981 Isidro Pérez empezó en el restaurant.

—Me vine a picar cebolla— comenta sonriendo y cuenta que en ese momento también trabajaba en una fábrica de zapatos. No le gustaba ninguna de las dos labores pero por lo menos vivía cómodo y alimento no le faltaba. Años después, recuerda el hombre, hubo un problema con el parquero que le precedió. Los dueños del restaurante lo sorprendieron poniéndose de acuerdo con unos maleantes para robar los reproductores de los carros. Isidro asegura que la policía intervino en esa oportunidad y hasta se lo llevaron preso.

 A raíz de eso el dueño le ofreció estar afuera y como a él no le gustaba cocinar, no lo dudo mucho. En definitiva allá estaría más cómodo, podría compartir con más gente.

—Aquí tenía la propinita. No era mucho pero ganaba tres veces más que en la fábrica — dice al respecto. Por eso dejó la zapatería y con la liquidación que le dieron se compró un terreno en La Vega, barrio popular capitalino, en el que construyó de a poco una casa “con todo”. Con mucho orgullo la recuerda, pero ya no vive allí. Dice que la delincuencia lo echó: “me mataron a dos hermanos y por más que sea a uno le importa vivir, así sea en otro lado”.

LA FLORIDA SIEMPRE HA SIDO LA FLORIDA

Antes de ser un restaurant, la casa servía como pensión para ancianos europeos. De hecho aún hay vestigios de aquellas épocas. Los muebles de madera, los pisos coloridos y las rejas complicadas dan al local un aire de antigüedad y también de “calor de hogar”. Ese mismo ambiente es el que encanta a sus clientes. Pero la zona es problemática. Eso expresan algunos y agradecen la presencia de Isidro, no les vayan a “echar una vaina”.

Para él, el problema de la inseguridad en La Florida viene desde hace muchos años. Muy cerca de allí está ubicado un módulo policial pero piensa que es como si no estuvieran. Sobre todo en los últimos cinco años considera que la situación ha empeorado y los policías poco han podido hacer.

Cerca de La Florida está ubicado el Barrio Chapellín y los vecinos de la zona presumen que de allí provienen los malandros que hacen de las suyas en la calle Los Jardines, la calle Negrín y la calle Los Jabillos, tres de las avenidas de la urbanización. Más recientemente elevaron varios complejos urbanísticos de la Gran Misión Vivienda Venezuela por la Avenida Libertador y muchos de ellos ven con recelo a sus habitantes.

Lo que ha hecho Isidro como respuesta automática es prestarle especial atención a los motorizados que en un pasado lucían inofensivos. Todo era más suave, asegura, nunca como ahora. Sin embargo, no pierde el ánimo: “¿qué se le va a hacer? Hay que seguir guerreando.”

Como parquero ha tenido suerte y éxito. Jamás han robado o malogrado un vehículo mientras era vigilado por él, cosa que le ha permitido continuar con su labor y llegar al reconocimiento.

—No te creas que es fácil. Yo me he ganado este puesto, aunque es difícil—dice hinchado. Este es su único ingreso y repite que le va bien con él. En una hora fácilmente le han dado 200 bolívares en propinas. Billetes desde 2 hasta 50 llegan a sus manos. ¿A cambio? Basta una sonrisa y un rápido: “buenas tardes, hermano.”

 Isidro es un hombre sociable pero solitario. Su único hijo, al que visita en sus vacaciones decembrinas, vive en Oriente pero no habla mucho de él o de su familia. Un día se le escapó un recuerdo del abuelo: “Era un hombre fuerte, porque nosotros somos fuertes. A los 84 años casi no se le veían canas”. Él no lo sabe pero se está pareciendo mucho a un abuelo, suelta consejos cual viejo de 84. El último que fabricó fue el siguiente: “Si el esposo te salió dañado, te salió malo, bota esa mierda y ya está.”

—De seriedad, de seriedad—repite cuando se pone “serio”, porque esos dos temas le borran la sonrisa: la delincuencia y la familia. Como es de esperarse se sabe mil cuentos de los hechos delictivos que ocurren en Los Jardines. Hace pocos días un ladrón quedo atrapado en un edificio y con detalle Isidro recuerda cómo la mujer que se salvó del malandro lo golpeaba con la cartera y le decía: “sigue robando sinvergüenza”

Pero él no corrió con la misma suerte: “el otro día me pegaron contra ese portón pa´ quitarme una sortija que tenía como 30 años conmigo”. Con pesar asegura que era temprano en la mañana, estaba abriendo la reja y se sentó a descansar. De repente vinieron dos chamos en una moto, lo presionaron contra el portón y le arrebataron la joya y la cartera con Bs. 700. “Pero ¿qué va a hacer uno?”  se pregunta y se responde luego “darle”.  

—Uno no nació para esto. Es demasiado mal—reflexiona ante la situación, pero insiste: “¿Qué se puede hacer? Seguir en la lucha hasta que Dios quiera”

-Yo estaré aquí hasta que me boten y me digan váyase— concluyé el guardián de Los Jardines.


La minicenicienta caraqueña

Para cruzar la Avenida Libertador a la altura de la Calle Negrín el caminante debe armarse de paciencia y de valor. Sea de bajada o de subida, los semáforos peatonales nunca coinciden. Aunque pensándolo bien, no es que importe demasiado. A veces parece que en Caracas son solo un adorno colorido.

Ese lunes el aire contaminado y caliente de la tarde se adhería al cuerpo de Wilmer que cruzaba las vías junto a su pequeña hija. Finalizada la tarea y con ansias de llegar al boulevard una especie de aullido le informó que no podían continuar. Era la niña con ojos llorosos retando su paciencia.

Enfurecido, el padre transitó por las mismas rayas que acababa de ensuciar y cuando llegó al otro extremo, justo al borde de la acera, lo aguardaba la cholita talla 20 de Carmen del Valle. La tomó de mala gana y cuando alzó su mirada se dispuso a cruzar al ver que el semáforo de peatones brillaba en verde y números descendían.

Pero claro que estamos en Caracas y eso poco importa. Un taxi, de esos que llamaban patas blancas, por poco, muy poco, lo atropella. Pero no le tocaba. La conciencia de Carmencita pudo respirar al escuchar las palabrotas que salían de la boca de su padre…

-¿No ves el semáforo?

Y no, no se ve. No lo ve nadie.

La niña lo recibió con los ojos cerrados, muy cerrados, el cuerpo encogido y las manos tapando sus orejitas. Esperaba, así, el manotazo que no llegaba. Esos segundos angustiosos concluyeron con el golpe de la sandalia contra el concreto. Su padre iracundo la obligó a ponérsela de nuevo.

Aún así la chiquilla temía. Obediente buscó la cholita y se la colocó con delicadeza y paciencia. En cuanto pudo volvió a su postura original: manos en orejas, pecho encogido, ojos cerrados. Seguramente algo había aprendido en sus cinco años de vida, si no lo veo y no lo escucho, no pasó. Además, a nadie le gusta recibir reproches y en dado caso que recibiera un coñazo era mejor estar preparada.

El medidor de paciencia de Wilmer estaba a punto de estallar. Tomó a la niña por uno de sus antebrazos y la obligó a espabilar. La bajada a Sabana Grande estaría llena de regaños, groserías y gestos desagradables. En la vía contraria una monja regordeta que llevaba a dos pequeños con rasgos aborígenes de la mano y que había sido testigo silente de la situación, sonreía trinunfante, Carmen se iba sin un moretón a casa.


Errantes caminos e innumerables destinos

 

Por: María Laura Chang

-¿Cómo se va a llamar el libro?- preguntó y rápidamente se respondió a sí mismo.- La pantera. Tienes que comenzar así, mira: Era una noche húmeda, venteaba. La bruma se veía como con estrellas. No podía respirar y sudaba. Tenía calor y tenía frío. ¡Huy! ¡Qué comienzo tan bueno! – Víctor no se da cuenta de que sus palabras recrean una vivencia, seguramente repetida, propia de un viajero como él. Esa podría ser, sin duda, la descripción de cualquiera de las noches que vivió en medio del páramo, de la selva o de la ciudad. Podría ser el retrato de su experiencia sobre alguno de los colchones sucios donde le ha tocado dormir durante sus largas travesías. Él insiste – ¡Qué introducción tan buena!

La curiosidad de un niño es inmortal y casi palpable en estos eternos viajeros, errantes, nómadas, caminantes. Víctor era todavía un niño cuando salió de su casa en Cali, Colombia, para nunca más volver. Sus ansias por conocer y las represiones que sufrió de pequeño lo hicieron tomar la decisión más grande: vivir en todos los sitios, pero al mismo tiempo, en ninguno.  

Tal vez de joven era un hombre atlético y apuesto, ahora es difícil saberlo con certeza. A sus 60 años habla bastante, como con miedo de no poder completar sus frases o su historia. Se expresa despacio pero sin mayores pausas. Junta una idea tras otra, un recuerdo tras una experiencia, una vivencia tras espontáneas palabras que surgen como fotografías y describen su pasado, machacado de pisadas. Sus ojos brillan de manera infantil y se nota que tiene práctica en esto de echar el cuento de su vida. Quiere hacer amigos.

“Siempre me interesé por conocer, pero no tenía alas” comenta el viejo suspirando. Lo que lo motivó a emprender el viaje de su vida, sin embargo, fue una situación familiar complicada. Él no cree que los demás mochileros se hayan visto en escenarios parecidos al momento de iniciar sus andanzas. Suelen ser jóvenes adolescentes o incluso adultos con ansias de aventura. Pero en su caso, él apenas cumplía 12 años.

-Cuando yo tenía ocho años y veía los libros que me hablaban de Beirut, Estambul o Mongolia, quería conocer – Pausa como si fuera a dejar el tema para más tarde, pero prosigue – Tenía un problema doméstico. Mi mamá me sobreprotegía mucho, no me dejaba jugar– Víctor cuenta que estos cuidados le impedían tener una infancia común. Recuerda que su madre le colocaba zapatos de charol y medias blancas para evitar que jugase fútbol y evoca con preocupación el momento en que se lanzaba por acantilados para el mar, y atrás escuchaba la voz de su mamá que gritaba “¡Se me ahoga el niño!, ¡se me ahoga el niño!” – Todavía la escucho – dice inquieto. Ser el menor de cinco hijos lo hizo vulnerable a todos los castigos. Su nivel de angustia incrementa cuando toca el tema de las reprimendas - En esos tiempos mi madre tenía unos rejos de arriar las vacas, de pegarle a los caballos. Tenía tres en la puerta y cada uno dependía de la calidad del castigo. –Sus ojos al infinito ya no miran fijo, con voz temblorosa continua- Yo llegaba a la casa y entre mis hermanos me agarraban y mi mamá… mientras mi papá les gritaba “salvajes”. Me tocó irme de la casa. De Cali salí para Bogotá.

La huída

“A mí el escape me llama la atención” dice Erly Ruiz, sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Agrega que hay mucha gente que emprende estos viajes porque se siente insatisfecho en el sitio dónde está, pero a su modo de ver las cosas, es hasta paradójico cómo el hecho de alejarse da una mejor visión de lo que se deja atrás. Ruiz asegura que cuando el viajero regresa al sitio de partida, ve lo que dejó en su momento de una manera distinta. Él sentencia: “Viajar no solo es conocer más fuera de donde te encuentras, sino también conocer mucho de donde estabas antes de viajar.”  

Las rastas de Víctor lucen sucias. Son color ceniza oscura, mostaza y gris. La mancha negra bajo sus dientes es poco llamativa y no afea la sonrisa constante que suelta a pesar de no estar feliz. Porque él sonríe pero parece que algo lo inquieta. Las arrugas en su piel bronceada le hacen marco a unos ojos que miran fijo a su interlocutor. No buscan ni logran incomodar, porque esa mirada es tal cual la de un niño que descubre en todo una oportunidad de conocer. Se sorprende y se alegra con poco, con sonrisas, preferiblemente con comida.

El hambre ataca a quien prácticamente vive de la dádiva. Cuenta el artesano que antes la gente lo paraba en la calle  para ofrecerle ayuda, comida y resguardo. Se refrescaba en unos pozos que están a un lado de algunas carreteras norteamericanas y recién bañado cualquiera le daba una cola y lo invitaba a un sándwich. Pero llegó una época en la cual las drogas como la coca, la bazuca o la piedra salieron y la gente dejó de confiar en los “peludos”, dejaron de ayudarlos y a jóvenes como Víctor les tocó ingeniárselas. Tendría 18 años cuando comenzó con los “caracolitos y las semillitas”.

Bla bla bla

Para el licenciado Erly Ruiz estos artesanos viajeros tienen mucha retórica. Él considera que aunque lo que venden no es gran cosa, a través de la “labia” logran convencer, sobre todo a las chicas, para que compren. Utilizan sus historias, sus aventuras e incluso el acento extranjero, que siempre llama la atención, para lograrlo. También, el sociólogo supone que esta práctica les permite conocer a otras personas. Víctor concuerda que es la manera que tiene para conocer, sobre todo, a las mujeres.

-¡Oh! Mi amiga Mary, con ella me fui a Francia. Ven Mary, ¡siéntate! – grita el colombiano al ver a una mochilera pasar al lado de su mesa. Ella, con una enorme sonrisa dibujada en la cara, le dice que se devuelve a Francia esta tarde. “¿Y Marisela?” le pregunta Víctor. Al parecer se queda aquí.

Mary es francesa, tiene el pelo corto y luce radiante de felicidad a pesar de que el cansancio viene incluido con la mochila inmensa que lleva a cuestas. Ella ha viajado por Asia, África y, de Surámerica, estuvo en Brasil y ahora se despide de Venezuela para volver, momentáneamente, a su patria. Se desprende de su bolso para sentarse a conversar un rato. –El avión sale a las cinco ¿A qué hora tengo que estar en el aeropuerto? – Le pregunta a Víctor que no tiene idea.

El castellano de la mujer es entendible, pero con fuertes imprecisiones. Además, un olor peculiar se desprende de su cuerpo. Tal vez tenga varios días sin bañarse, pero ninguna de las dos cosas la intimida -Yo aprendí la artesanía en Brasil, los malucos las malucas me enseñaron la artesanía y también los semáforos. –

En la actualidad se podría establecer una clasificación entre estos viajeros. Hay quienes utilizan el comercio de artesanía como método de sustento para sus andanzas, también están los que van con dinero desde su país de origen y planifican rendirlo durante todo el recorrido y por último existen artesanos que solo viajan para vender. “Yo no tengo dinero de Francia, todo mi dinero lo he ganado con la artesanía” dice Mary.

Pero ella tiene 12 años viajando y antes de aprender a hacer artesanía es probable que haya viajado con lo fundamental. De hecho Mary tenía previsto estar cuatro meses en Latinoamérica, le interesaba conocer Bolivia, pero no pasó. Estuvo alrededor de seis meses en Brasil y está por cumplir cuatro en suelos venezolanos. El oficio le ha permitido alargar su estancia porque le ha brindado un ingreso que no tenía previsto antes.

Carpe diem

En la vida del nómada todo es circunstancial y esto es fundamental para poder soportar las situaciones difíciles. Erly Ruiz considera que el viajero se replantea lo que es necesario, de tal manera que a pesar de no tener casi nada, disfruta bastante. El sociólogo y también músico, destaca que la experiencia de ellos no tiene que ver con lo que tienen, eso no les preocupa, sino con estar. Refuerza la idea de que los mochileros viven el día a día, a diferencia del resto que se preocupa más por el devenir.

Desde los 18 y hasta los 25 años Víctor viajó con una pareja canadiense por muchos países. Los conoció en Colombia en la isla de San Andrés y partió con ellos por Centro y Norteamérica. Tenían un bote pesquero. De Canadá saltaron a Europa donde el caleño aprendió holandés, alemán e italiano. Se separaron porque él quedó enamorado de Roma y quiso conocer a profundidad esa ciudad museo y compartir aún más con esa gente tan calurosa. “Los romanos son muy amplios, comen bien, gente amable, cálida” dice sonriente.

Para los nómadas viajar significa compartir tradiciones ajenas. Víctor viaja para ver culturas, conocer las costumbres, las lenguas, las idiosincrasias de otros lugares y asegura que “en esta vida se aprende leyendo o viajando.” La francesa Mary goza al ver culturas más cercanas a la “pacha mama” Dice que ésta es su manera de salir del mundo capitalista y materialista en el que está envuelto su país. Con sus viajes ella busca acercarse a la madre tierra. Más allá del territorio, dice la mujer, la calidad del sitio lo hace la gente y en ambos países latinoamericanos la han hecho sentir bienvenida.  

El concepto del nomadismo no es exclusivo para aquellos que se trasladan de un lugar a otro. Erly Ruiz asegura que él comparte esa vida, que se puede ser un nómada dentro de la misma ciudad. “Académicamente, soy un nómada” asegura el sociólogo que ha dado clase en la Universidad Central de Venezuela en las escuelas de Filosofía, Psicología y en Sociología. “Lo he hecho como escape, pero también porque siento que donde estoy no es seguro” comenta pensativo. Moverse involucra muchas cosas, maneras diversas de apreciar los hechos pero finalmente también es un proceso interno del que pocos hablan.

Morir en la India

Víctor cree que en la India conseguirá las herramientas para ejecutar la auto observación ya que es un país místico, pobre pero con importantes referencias religiosas y espirituales. Tal vez él vea allí lo que le falta para la introspección de la que habla Erly. De hecho el colombiano quisiera ir allá más adelante. -Tengo una casita en Jalapa, México. Pienso quedarme allá por un año o dos, ya que ese país es mi sede principal. Pero después quiero ir a la India. No aspiro a una vejez convencional. Morir en la India, ¿por qué no? -

-Noviembre 2013


Liberé

Estaba allí desnuda, atada de manos y pies forcejeando con la cuerda gruesa que me envolvía. Acostada sobre el piso negro, el desespero se convertía en el motor que me impulsaba a realizar maromas para zafarme de esa pesadilla. Al despertar entendí que aquel sentimiento pronto iba a acabar. La libertad, o lo que yo creía que era ella, estaba más cerca que nunca.

Las presiones de la vida contenidas en labores y obligaciones, sobrepasaban mi esencia humana. Vivía por y para los demás y la frontera que separaba el yo del otro estaba tan borrosa que difícilmente podía ubicarme y tener tiempo para mí. Con miedo, pero decidida, abrí dos maletas y las llene con ropa y libros. Ya en el aire sonreía por haber dado el paso.

Una vez instalada en la selva, vi entrar a dos de mis nuevos alumnos. Me abrazaron y me regalaron una flor. Pronto entendí que me vida y mi libertad era entregarme a los demás, darles todo de mí porque me sentía vacía si no compartía. Por eso nunca quise a las matemáticas, para ellas es imposible entender que cuando menos tengo y más doy, mi felicidad aumenta y mi espíritu crece.

Dos meses necesité para comprender aquella pesadilla. Las ataduras no tenían que ver con mi rutina. Se refería en cambio al sitio en el que la ejercía. Ahora, sin ruido, entiendo que la libertad no depende solo de mí y de las decisiones que tome, sino de dónde la ponga en práctica.

Sigo entregada al prójimo, pero con la certeza de estar haciendo lo que vine a hacer a este mundo y también con la seguridad de que estoy haciéndolo en el sitio correcto.


Más de la bella #playa Caracolito.

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#cielo, #nubes, #avila y techos de zinc

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En #playa Caracolito en #Higuerote. Qué bella #Venezuela

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