El azul y otras cosas...

Errantes caminos e innumerables destinos

 

Por: María Laura Chang-Noviembre 2013

-¿Cómo se va a llamar el libro?- preguntó y rápidamente se respondió a sí mismo.- La pantera. Tienes que comenzar así, mira: Era una noche húmeda, venteaba. La bruma se veía como con estrellas. No podía respirar y sudaba. Tenía calor y tenía frío. ¡Huy! ¡Qué comienzo tan bueno! – Víctor no se da cuenta de que sus palabras recrean una vivencia, seguramente repetida, propia de un viajero como él. Esa podría ser, sin duda, la descripción de cualquiera de las noches que vivió en medio del páramo, de la selva o de la ciudad. Podría ser el retrato de su experiencia sobre alguno de los colchones sucios donde le ha tocado dormir durante sus largas travesías. Él insiste – ¡Qué introducción tan buena!

La curiosidad de un niño es inmortal y casi palpable en estos eternos viajeros, errantes, nómadas, caminantes. Víctor era todavía un niño cuando salió de su casa en Cali, Colombia, para nunca más volver. Sus ansias por conocer y las represiones que sufrió de pequeño lo hicieron tomar la decisión más grande: vivir en todos los sitios, pero al mismo tiempo, en ninguno.  

Tal vez de joven era un hombre atlético y apuesto, ahora es difícil saberlo con certeza. A sus 60 años habla bastante, como con miedo de no poder completar sus frases o su historia. Se expresa despacio pero sin mayores pausas. Junta una idea tras otra, un recuerdo tras una experiencia, una vivencia tras espontáneas palabras que surgen como fotografías y describen su pasado, machacado de pisadas. Sus ojos brillan de manera infantil y se nota que tiene práctica en esto de echar el cuento de su vida. Quiere hacer amigos.

“Siempre me interesé por conocer, pero no tenía alas” comenta el viejo suspirando. Lo que lo motivó a emprender el viaje de su vida, sin embargo, fue una situación familiar complicada. Él no cree que los demás mochileros se hayan visto en escenarios parecidos al momento de iniciar sus andanzas. Suelen ser jóvenes adolescentes o incluso adultos con ansias de aventura. Pero en su caso, él apenas cumplía 12 años.

-Cuando yo tenía ocho años y veía los libros que me hablaban de Beirut, Estambul o Mongolia, quería conocer – Pausa como si fuera a dejar el tema para más tarde, pero prosigue – Tenía un problema doméstico. Mi mamá me sobreprotegía mucho, no me dejaba jugar– Víctor cuenta que estos cuidados le impedían tener una infancia común. Recuerda que su madre le colocaba zapatos de charol y medias blancas para evitar que jugase fútbol y evoca con preocupación el momento en que se lanzaba por acantilados para el mar, y atrás escuchaba la voz de su mamá que gritaba “¡Se me ahoga el niño!, ¡se me ahoga el niño!” – Todavía la escucho – dice inquieto. Ser el menor de cinco hijos lo hizo vulnerable a todos los castigos. Su nivel de angustia incrementa cuando toca el tema de las reprimendas - En esos tiempos mi madre tenía unos rejos de arriar las vacas, de pegarle a los caballos. Tenía tres en la puerta y cada uno dependía de la calidad del castigo. –Sus ojos al infinito ya no miran fijo, con voz temblorosa continua- Yo llegaba a la casa y entre mis hermanos me agarraban y mi mamá… mientras mi papá les gritaba “salvajes”. Me tocó irme de la casa. De Cali salí para Bogotá.

La huída

“A mí el escape me llama la atención” dice Erly Ruiz, sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Agrega que hay mucha gente que emprende estos viajes porque se siente insatisfecho en el sitio dónde está, pero a su modo de ver las cosas, es hasta paradójico cómo el hecho de alejarse da una mejor visión de lo que se deja atrás. Ruiz asegura que cuando el viajero regresa al sitio de partida, ve lo que dejó en su momento de una manera distinta. Él sentencia: “Viajar no solo es conocer más fuera de donde te encuentras, sino también conocer mucho de donde estabas antes de viajar.”  

Las rastas de Víctor lucen sucias. Son color ceniza oscura, mostaza y gris. La mancha negra bajo sus dientes es poco llamativa y no afea la sonrisa constante que suelta a pesar de no estar feliz. Porque él sonríe pero parece que algo lo inquieta. Las arrugas en su piel bronceada le hacen marco a unos ojos que miran fijo a su interlocutor. No buscan ni logran incomodar, porque esa mirada es tal cual la de un niño que descubre en todo una oportunidad de conocer. Se sorprende y se alegra con poco, con sonrisas, preferiblemente con comida.

El hambre ataca a quien prácticamente vive de la dádiva. Cuenta el artesano que antes la gente lo paraba en la calle  para ofrecerle ayuda, comida y resguardo. Se refrescaba en unos pozos que están a un lado de algunas carreteras norteamericanas y recién bañado cualquiera le daba una cola y lo invitaba a un sándwich. Pero llegó una época en la cual las drogas como la coca, la bazuca o la piedra salieron y la gente dejó de confiar en los “peludos”, dejaron de ayudarlos y a jóvenes como Víctor les tocó ingeniárselas. Tendría 18 años cuando comenzó con los “caracolitos y las semillitas”.

Bla bla bla

Para el licenciado Erly Ruiz estos artesanos viajeros tienen mucha retórica. Él considera que aunque lo que venden no es gran cosa, a través de la “labia” logran convencer, sobre todo a las chicas, para que compren. Utilizan sus historias, sus aventuras e incluso el acento extranjero, que siempre llama la atención, para lograrlo. También, el sociólogo supone que esta práctica les permite conocer a otras personas. Víctor concuerda que es la manera que tiene para conocer, sobre todo, a las mujeres.

-¡Oh! Mi amiga Mary, con ella me fui a Francia. Ven Mary, ¡siéntate! – grita el colombiano al ver a una mochilera pasar al lado de su mesa. Ella, con una enorme sonrisa dibujada en la cara, le dice que se devuelve a Francia esta tarde. “¿Y Marisela?” le pregunta Víctor. Al parecer se queda aquí.

Mary es francesa, tiene el pelo corto y luce radiante de felicidad a pesar de que el cansancio viene incluido con la mochila inmensa que lleva a cuestas. Ella ha viajado por Asia, África y, de Surámerica, estuvo en Brasil y ahora se despide de Venezuela para volver, momentáneamente, a su patria. Se desprende de su bolso para sentarse a conversar un rato. –El avión sale a las cinco ¿A qué hora tengo que estar en el aeropuerto? – Le pregunta a Víctor que no tiene idea.

El castellano de la mujer es entendible, pero con fuertes imprecisiones. Además, un olor peculiar se desprende de su cuerpo. Tal vez tenga varios días sin bañarse, pero ninguna de las dos cosas la intimida -Yo aprendí la artesanía en Brasil, los malucos las malucas me enseñaron la artesanía y también los semáforos. –

En la actualidad se podría establecer una clasificación entre estos viajeros. Hay quienes utilizan el comercio de artesanía como método de sustento para sus andanzas, también están los que van con dinero desde su país de origen y planifican rendirlo durante todo el recorrido y por último existen artesanos que solo viajan para vender. “Yo no tengo dinero de Francia, todo mi dinero lo he ganado con la artesanía” dice Mary.

Pero ella tiene 12 años viajando y antes de aprender a hacer artesanía es probable que haya viajado con lo fundamental. De hecho Mary tenía previsto estar cuatro meses en Latinoamérica, le interesaba conocer Bolivia, pero no pasó. Estuvo alrededor de seis meses en Brasil y está por cumplir cuatro en suelos venezolanos. El oficio le ha permitido alargar su estancia porque le ha brindado un ingreso que no tenía previsto antes.

Carpe diem

En la vida del nómada todo es circunstancial y esto es fundamental para poder soportar las situaciones difíciles. Erly Ruiz considera que el viajero se replantea lo que es necesario, de tal manera que a pesar de no tener casi nada, disfruta bastante. El sociólogo y también músico, destaca que la experiencia de ellos no tiene que ver con lo que tienen, eso no les preocupa, sino con estar. Refuerza la idea de que los mochileros viven el día a día, a diferencia del resto que se preocupa más por el devenir.

Desde los 18 y hasta los 25 años Víctor viajó con una pareja canadiense por muchos países. Los conoció en Colombia en la isla de San Andrés y partió con ellos por Centro y Norteamérica. Tenían un bote pesquero. De Canadá saltaron a Europa donde el caleño aprendió holandés, alemán e italiano. Se separaron porque él quedó enamorado de Roma y quiso conocer a profundidad esa ciudad museo y compartir aún más con esa gente tan calurosa. “Los romanos son muy amplios, comen bien, gente amable, cálida” dice sonriente.

Para los nómadas viajar significa compartir tradiciones ajenas. Víctor viaja para ver culturas, conocer las costumbres, las lenguas, las idiosincrasias de otros lugares y asegura que “en esta vida se aprende leyendo o viajando.” La francesa Mary goza al ver culturas más cercanas a la “pacha mama” Dice que ésta es su manera de salir del mundo capitalista y materialista en el que está envuelto su país. Con sus viajes ella busca acercarse a la madre tierra. Más allá del territorio, dice la mujer, la calidad del sitio lo hace la gente y en ambos países latinoamericanos la han hecho sentir bienvenida.  

El concepto del nomadismo no es exclusivo para aquellos que se trasladan de un lugar a otro. Erly Ruiz asegura que él comparte esa vida, que se puede ser un nómada dentro de la misma ciudad. “Académicamente, soy un nómada” asegura el sociólogo que ha dado clase en la Universidad Central de Venezuela en las escuelas de Filosofía, Psicología y en Sociología. “Lo he hecho como escape, pero también porque siento que donde estoy no es seguro” comenta pensativo. Moverse involucra muchas cosas, maneras diversas de apreciar los hechos pero finalmente también es un proceso interno del que pocos hablan.

Morir en la India

Víctor cree que en la India conseguirá las herramientas para ejecutar la auto observación ya que es un país místico, pobre pero con importantes referencias religiosas y espirituales. Tal vez él vea allí lo que le falta para la introspección de la que habla Erly. De hecho el colombiano quisiera ir allá más adelante. -Tengo una casita en Jalapa, México. Pienso quedarme allá por un año o dos, ya que ese país es mi sede principal. Pero después quiero ir a la India. No aspiro a una vejez convencional. Morir en la India, ¿por qué no? -


Liberé

Estaba allí desnuda, atada de manos y pies forcejeando con la cuerda gruesa que me envolvía. Acostada sobre el piso negro, el desespero se convertía en el motor que me impulsaba a realizar maromas para zafarme de esa pesadilla. Al despertar entendí que aquel sentimiento pronto iba a acabar. La libertad, o lo que yo creía que era ella, estaba más cerca que nunca.

Las presiones de la vida contenidas en labores y obligaciones, sobrepasaban mi esencia humana. Vivía por y para los demás y la frontera que separaba el yo del otro estaba tan borrosa que difícilmente podía ubicarme y tener tiempo para mí. Con miedo, pero decidida, abrí dos maletas y las llene con ropa y libros. Ya en el aire sonreía por haber dado el paso.

Una vez instalada en la selva, vi entrar a dos de mis nuevos alumnos. Me abrazaron y me regalaron una flor. Pronto entendí que me vida y mi libertad era entregarme a los demás, darles todo de mí porque me sentía vacía si no compartía. Por eso nunca quise a las matemáticas, para ellas es imposible entender que cuando menos tengo y más doy, mi felicidad aumenta y mi espíritu crece.

Dos meses necesité para comprender aquella pesadilla. Las ataduras no tenían que ver con mi rutina. Se refería en cambio al sitio en el que la ejercía. Ahora, sin ruido, entiendo que la libertad no depende solo de mí y de las decisiones que tome, sino de dónde la ponga en práctica.

Sigo entregada al prójimo, pero con la certeza de estar haciendo lo que vine a hacer a este mundo y también con la seguridad de que estoy haciéndolo en el sitio correcto.


Más de la bella #playa Caracolito.

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#cielo, #nubes, #avila y techos de zinc

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En #playa Caracolito en #Higuerote. Qué bella #Venezuela

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Somos materia

Entrelazamos fuegos y soltamos aires, nos hacemos agua y luego, por fin en tierra, respiramos eter.